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Presentación I nº11 +

Por Saúl Macías Gamboa

(BUAP, México)

 

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La precariedad laboral simboliza la situación de muchos trabajadores contemporáneos. Es algo de lo que hoy se habla mucho, pero debemos subrayar que es una situación y un proceso que, bajo distintos nombres y características, ha acompañado al capitalismo desde sus orígenes. Con mayor o menor intensidad se encuentra en todos los rincones del planeta. En su evolución histórica y alcance mundial ha mostrado diversos rostros: desde la ocupación informal hasta la subcontratación, del trabajo a-típico al trabajo no clásico, de las flexibilizaciones neoliberales al trabajo no remunerado. Se encuentra en el sector primario de la economía —agropecuario, extractivo y pesquero—, pero también en el secundario —manufacturas y maquiladoras de todo tipo—, y en el terciario —servicios de toda índole—. Pocos escapan a la extensa sombra de la precariedad laboral.

Por su complejidad y alcance es difícil de aprehender. Es multidimensional y polifacética. En general se puede entender como un conjunto de procesos que, desde el ámbito del trabajo, representan la capacidad del sistema capitalista para adecuarse a las situaciones adversas que ha enfrentado en su historia, modificando el ámbito laboral y generando afectaciones a los trabajadores de todas las características. Por ello se puede encontrar igual en las empresas privadas, pero también en la esfera pública. En la parte final del siglo XX y lo que va del XXI ha estado en el origen de múltiples descontentos y movilizaciones sociales. Se habla de ella y se rechaza, pero, en distintas estructuras ideológicas y discursivas del poder económico y del político, se le presenta como la solución inevitable ante las eventualidades del capitalismo. Lo que aquí se publica se propone un acercamiento a la precariedad laboral mirándola desde algunas de las realidades que ha producido, observándola en su profunda raíz histórica, viendo cómo afecta a trabajadores calificados que presumiblemente la habían evitado, bajando a examinarla en la profundidad de las significaciones familiares y comunitarias.

En su contexto contemporáneo se le ha presentado como un proceso originado en países del capitalismo desarrollado y, se entiende, que desde allí se ha esparcido. Lo que se muestra es que ha transitado del mundo subdesarrollado al desarrollado y también en sentido opuesto, del desarrollo al subdesarrollo. En las formas de analizarla con frecuencia se ha acudido a propuestas y generalizaciones que lejos de contribuir a su comprensión afianzan la confusión. Se habla de ella en el nivel macroestructural entendiéndola como un proceso de alcance nacional e internacional, pero sin diferencias en las esferas económicas, políticas, sociales, educativas, culturales. Hay quien sugirió que esta situación precaria había dado origen a una nueva clase social, el precariado. Esto, aparte de ser una propuesta a la que se le pueden encontrar antecedentes en la teoría social —por lo que poco tiene de novedosa— no ha ayudado a entender su complejidad.

Es necesario aproximarse a las realidades que origina para comprender sus especificidades. Tiene determinaciones históricas, nacionales y regionales y, en el nivel de los grupos primarios, ha provocado estrategias económicas, sociales, solidarias para mitigar sus efectos negativos. También tiene diferencias generacionales y de género. Las y los jóvenes por décadas han sido los más afectados por la precariedad laboral. Las vías de acceso de estos jóvenes al mercado laboral las encuentran cerradas o bloqueadas, y por ello, aun quienes se han credencializado en la educación formal, y han alcanzado grados y posgrados académicos, no llegan a ver cumplidas sus expectativas. Allí se puede ver cómo aumenta la desesperanza como uno de los males sociales del nuevo  siglo. En respuesta se puede ver cómo aumenta el autoempleo, el trabajo familiar no remunerado, las ocupaciones informales de todo tipo que no resuelven el fondo de los problemas.

Sin que se pretenda la exhaustividad —los problemas son muy complejos para llegar siquiera a considerarla— se han identificado afectaciones relevantes en la educación, en la seguridad social y en la salud. El medio educativo es un contexto en que la precariedad laboral se ha ensañado. Los ingresos económicos de los trabajadores docentes de todos los niveles educativos —educación básica, media superior, superior, y aun posgrado— se han comprimido en su poder adquisitivo, con aumentos salariales siempre por abajo de los niveles de inflación. Esto los ha empujado al empleo múltiple —multi-chambismo, como se le conoce coloquialmente—, pero, peor aún, con frecuencia esto los ha llevado a ocupaciones fuera del medio académico lo que los ha alejado de los procesos de superación indispensables para impartir una educación eficiente, actualizada y de calidad. Los más afectados han sido los profesores de educación básica, a los que además los tecnócratas neoliberales, con su arrogancia característica, procuraron sumirlos en el descrédito social.

Es bien conocida la obsesión de los tecnócratas neoliberales favorable al imperio del mercado y la desarticulación del papel económico del Estado. El Estado benefactor que, durante el predominio del capitalismo industrial del siglo XX, protegía a los trabajadores en distintos rubros del bienestar, fue también comprimido y se procuró llevarlo primero a la disminución y después abiertamente hacia las privatizaciones. Se produjo un tránsito de un modelo socialdemócrata —en donde intervenían el Estado, los sindicatos y los trabajadores, con servicios universales como derechos— a otro de tipo liberal en donde aparece como actor principal el mercado y procura la individualización de los trabajadores. Esto llevó a una situación de pobreza indirecta, al mismo tiempo económica y laboral, que afectó a los trabajadores de la empresa privada y del sector gubernamental. No hay que perder de vista que, durante décadas, al menos desde los años setenta del siglo pasado —cuando se hizo evidente el agotamiento del modelo económico capitalista que se afianzó desde la segunda posguerra— numerosos trabajadores fueron progresivamente alejados de la protección y beneficios de la seguridad social. La avasalladora presencia de la informalidad es una muestra de ello. Esto lleva a considerar que este cambio es ahora transgeneracional y que se ha sedimentado.

La omnipresente pregunta es ¿qué hacer ante esa avasallante precariedad? No hay respuesta fácil. El modelo neoliberal ha generado precariedad laboral durante cuarenta años, la ha profundizado como un pilar del modelo de desarrollo afanado en la acumulación. El resultado ha sido multiplicar la pobreza y concentrar la riqueza, en una situación en que el crecimiento económico se estancó. La respuesta desde el poder ha sido austeridad para las mayorías y aseguramiento de la precariedad en beneficio de las minorías. En suma, un círculo vicioso. Afortunadamente, en la última década se han multiplicado las denuncias sociales de lo antes señalado, se han organizado movilizaciones multiclasistas basadas en la indignación social, se van organizando estrategias económicas comunitarias basadas en la solidaridad. Esto despierta cierto optimismo social, aunque los resultados no serán de corto plazo. Por tanto, la respuesta puede ser social, participativa, incluyente y solidaria. La respuesta es de las mayorías, no hay más.