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Presentación I nº Especial Infrapolítica y democracia +

En las últimas décadas, una serie de elaboraciones en torno a lo «político» han intentado repensar la herencia de las categorías políticas heredadas de la modernidad. En efecto, la confrontación con el pensamiento schmittiano atraviesa pensadores tan heterogéneos, como Jacques Derrida, Ernesto Laclau, Giorgio Agamben, y Carlo Galli, un conjunto de proyectos de reflexión política que, de diversas formas y alcances, han buscado problematizar los fundamentos teológicos-políticos modernos con el propósito de ir más allá del agotamiento de categorías como el sujeto, la soberanía, la comunidad, o la filosofía de la historia. En realidad, pudiéramos decir que todos estas orientaciones del pensamiento contemporáneo son una respuesta a la crisis de la arquitectónica moderna de la política que atestiguan el fin de su legitimidad. Cuando hablamos de crisis, no solo nos referimos a un estado de incertidumbre disciplinario de la «teoría política» en cuanto aparato epistémico universitario, sino a algo más; a saber, a la crisis como des-fundamento de toda acción política, la cual hoy se encuentra íntegramente subsumida por el principio general de equivalencia. De ahí que la pregunta misma por la praxis – el qué hacer que atraviesa interrogaciones desde comienzos de época con Lenin hasta su clausura con Reiner Schürmann – es hoy lo que aparece como carente de fundamento ontológico, transformada en figura abismal ante la cual lo político ya no puede hacerse cargo de manera soluble. En respuesta a la insuficiencia o fisura interna de lo político, llamamos infrapolítico a una modalidad de reflexión que teoriza la facticidad como instancia irreducible a toda ontología substituta. Infrapolítica marca distancia de todo horizonte que inscriba a lo político como determinación última. De esta manera, infrapolítica enfrenta al nihilismo mediante la posibilidad de una reinvención democrática, esto es, sin quedar retraída una anti-política o una refutación fundamental de la política.

Esto supone que la pregunta por la democracia hoy nos facilita movernos más allá del cierre teológico-político en el pensamiento contemporáneo. Por lo tanto, nos gustaría argumentar que la demanda infrapolítica es, siempre en cada caso, la apuesta de una reinvención democrática mediante una distancia de las categorías heredadas. Sin embargo, habría que dejar claro que al hablar de democracia, no nos interesa tanto la reconstrucción conceptual del concepto en las derivas de la historia intelectual moderna, sino que apostamos por la producción de un tipo de reflexión capaz de teorizar las fronteras entre democracia y su otro; ya sea lo inconceptual en el sentido de Hans Blumenberg, lo incalculable en el sentido de Jacques Derrida, lo poshegemónico en la determinación de Alberto Moreiras, la comunidad negativa conceptualizado por Giorgio Agamben o Roberto Esposito, o en neo-republicanismo propuesto por José Luis Villacañas. Estamos convencidos que cada una de estas apuestas muestran la fuerza del pensamiento como algo que en cada instancia excede y subsede todo fundacionalismo político. En otras palabras, en este número especial queremos poner a prueba una de las preguntas más intempestivas de nuestra época: ¿sigue siendo posible aquí la democracia? Algunas de las preguntas que guían el estado reflexivo y la apuesta de pensamiento de este numero son las siguientes: ¿es posible pensar la reinvención efectiva de la democracia en tiempos de colapso de la legitimidad política en Occidente? ¿Cómo es posible pensar o hacer pensable la relación divergente entre democracia y nihilismo? ¿Hasta qué punto puede ser la democracia un otro de la filosofía de la historia y sus aparatos de desarrollo? Y finalmente: ¿son capaces los populismos contemporáneos de enfrentar el problema de la democracia hacia una posible deriva republicana y poshegemónica? Más allá de enfoques arraigados en las maquetas disciplinarias de la universidad contemporánea, este número busca ensayar una apertura en el pensamiento desde la cual no solo las categorías políticas se mantengan abiertas hacia su posible rendimiento o ruina, sino que además hagan posible dejar atrás los regímenes de fantasía que acechan las gramáticas absolutas de lo político.